Caminaba por un túnel en el districto federal de México cuando me encuentro un perro. Era chiquito y simpático. En chiste lo saludo y le digo “hola”. Sigo caminando ya dándole la espalda cuando escucho:
“Hola”
¡A la mierda! Un perro que habla. No lo podía creer. No había nadie más. Solos. El perro y yo. El perro hablaba y yo seguía sorprendido. Dialogamos un rato, me despido y sigo viaje.
Pero en ese momento que me iba aparece festejando un equipo del seleccionado de no se, que agarran al perro y se lo llevan. Miro al perro y estaba triste. Quería estar conmigo. Por algo me había saludado.
Me doy vuelta, me acerco a uno de los jugadores, le quito el perro y le digo:
“Soy el dueño”
El perro cabía en mis dos manos. Era más chiquito que antes y estaba enfermo. Sentí que se moría desesperado corrí a lo de mi amigo el científico. El perro se moría y tenía que llegar a tiempo para mostrárselo al científico.
El día estaba nublado y lleno de humo. Ya veía el edificio de mi amigo. Subí las escalares de afuera y abrí la puerta de un manotazo. El científico me mira. Extiendo mis manos y las abro. Había un gusano muerto sobre mis palmas. Me angustié mucho que lloré de la impotencia.
“Te juro que hablaba y se murió…se murió, no llegué a tiempo”
No se entendían muy bien mis palabras. El científico me consoló poniendo su mano sobre mi hombro y me dió una sabia charla que ya no recuerdo.
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